Mis compañeros de avión son en su
mayoría turcos, kurdos y judíos religiosos.
Se me ocurre que si el avión llegara a
zozobrar, todos nosotros (en apariencia tan diferentes), habíamos nacido para
partir en un mismo instante. Qué hermandad!!! Tal vez éramos como células de un
mismo organismo.
En eso andaba, desparramada en 3
asientos que la Providencia gentilmente me había cedido, cuando un kurdo enojado
vino a reclamar el 66,66 % de esa superficie (o sea 2 asientos) (o sea, desde
mi esternón hasta el dedo gordo de mis pies). Por temor a ser decapitada, situé
mi cuerpo derechito en el 53 G (do you understand?), y esbocé una tímida
sonrisa que fue óbice para una extraña amistad.
Sus intermitentes monólogos en inglés
(cuyos contenidos fueron comprendidos por mí en un 0,07%) no fueron impedimento
para sentir una profunda compasión. Tal vez porque me pareció entender que
hablaba del profundo sufrimiento de su pueblo, o tal vez por la gratitud de no
haber sido decapitada.
Cuando a su niño pequeño se le cayó su
vasito con Coca Cola sobre mi UNICO saco, todas estas consideraciones
incidieron para no colgarlo.
Turkish Airlines ofrece emparedados de
queso con pepinos cuando a uno se le dé la gana. En 3 ocasiones se me dio la
gana (es decir que comí 3 emparedados), pero pepinos en infinitas comidas.
Me pregunto si los autos de Estambul
tendrán forma de pepinos, o si los minaretes de las mezquitas no son en realidad,
pepinos camuflados.
Llego a medianoche, tiro mi equipaje y
me voy a corroborarlo.
Ningún turco a la vista!!! Y, de
haberlo, no molesta.
Los habitantes del Imperio Romano de
Oriente ya murieron y los sultanes que les sucedieron también.
Estoy a salvo!!! Si supieran que huelo
a Coca Cola me incorporarían a algún harem, sólo por exótica.
Decido comprar una bebida antes de
ingresar al hotel, y el vendedor me pide que le enseñe a decir "good
morning" en español. Después de repetir 20 veces "buenos días", abandono
mi improvisada docencia porque mi alumno resulta ser un fiasco, o yo una pésima
docente.
Me acuesto e intento dormir. Mañana
comienza mi tour por Turquía y quiero estar descansada.
No puedo conciliar el sueño. Acepto la
situación y comienzo a escribir.
Mientras tanto la vida está tan
atareada que se olvida de que todo tenía que salir perfecto!!!
19 de abril 8 a.m.
Llego a desayunar a la terraza del
hotel antes que el desayuno.La Mezquita Azul asoma su imponencia. Es la primera visión matutina que tengo de Estambul. No puedo contener el llanto. Intento controlarme por temor a ingerir una aceituna, que tanto detesto, por culpa de una visión deficiente.
Cuento con 5 horas para comenzar a descubrirla.
En una semana vuelvo y me quedo junto a
tí querida Estambul. Misteriosa, fascinante, bulliciosa, singular.
Turquía
14
a.m. es la hora convenida para que me pasen a buscar.
Estoy
satisfecha de haber elegido hotel próximo al Hipódromo y sus mezquitas para no
desperdiciar mi mañana, pero está situado sobre una calle en la que no pueden
transitar vehículos.
Inmersa
en una espera interminable reflexiono acerca de cómo me desequilibro cuando la
situación se me sale de control. Y todo por culpa de una calle en la que sólo
pasa el tranvía!!! El magnífico tranvía que me auguraba llegar a medianoche y
tener parada frente a mi hotel. Todo calculado. God!!!
Cuando
aparece caminando un hombre calvo detrás de unas gafas eternas hablando en
perfecto español, siento un alivio inmenso.
Es
Resit.
Su
aplomo, abnegación y nivel de conocimientos parecen garantizar una aventura
singular.
Mis
compañeros también. Por lo visto hay sagitarianos pululando por todas partes y
somos mayoría.
Llegamos
a Ankara y no dejo de percibir de que más allá de la conmovedora belleza de
Estambul, estamos en el corazón de Turquía. El impresionante Mausoleo de
Ataturk y sus alrededores así lo denotan.
Extrañamente no
siento ansiedad por el itinerario venidero.
Cada
cosa me fascina. Cada visión me subyuga. Estoy donde estoy.
Siempre
inserta en el momento presente.
Descreo
de la erosión como responsable del
tallado de semejante esplendor.
Sweater mediante es mucho más sencillo amalgamarse con la magia emanada de los sonidos de los músicos y danzantes, que empañar la ceremonia con cabezas sostenidas por cuerpos sentados adelante.

Todos están ansiosos por volar en globo, menos Juan Martín y yo. El porque padece de vértigo. Yo porque no padezco de nada. Solo estoy feliz con lo que hay.
Este
estado de felicidad fue el que me permitió sobrevivir en paz a la frustración
colectiva que aconteció cuando, después de habernos levantado a las 4 a.m. para
nuestro vuelo, los militares decidieron que había mucho viento arriba y que,
por ende, ese día ningún globo podría volar.
Solo
queda un día para un nuevo intento.
Hoy
hay mucho viento y hace mucho frío. Nuevamente demorados en un desayunador.
Valeria
ha venido muy desabrigada y le cedo una campera que llevo de más. Me pregunto
más tarde si mi solidaridad para con ella no ha sido falta de solidaridad para
conmigo. Tengo frío.
Nos
avisan que sí, que vamos a volar!!!
El
suave murmullo del transitar de nuestro globo, la visión cada vez más
abarcadora, el sol asomando y engalando recodos, la multiplicidad de dibujos y
colores de los demás globos, nuestras cámaras imprescindibles pero molestas
porque restan segundos a nuestros ojos, cinco mujeres en nuestro compartimento
que no cesamos de llorar y de reír, y de intercambiar apretujados lugares para
poder ver todo. Siento que hemos sido bendecidos con esta experiencia.
Resit
es guía turístico desde hace 20 años. Nos cuenta que, de no poder hacer este
vuelo, la gente siente frustrado su viaje.
Bichos
raros los seres humanos. Hay tanto para agradecer!!! Tanta belleza para
honrar!!! Todo sistema tiene elementos compensatorios.
Siento
una extraña sensación de injusticia. No he visto en Holanda tanta cantidad de
estas exquisitas flores como en Turquía. Holanda usurpó la fama, pero los
tulipanes están aquí. En las rutas, en los espacios públicos, en los espacios
privados, en los palacios. Los hay por doquier.
Su
visión es óptima desde lo alto de la montaña.
Ascender
desde la laguna de la base hasta las piscinas calcáreas y cascadas petrificadas
de la cima, conviviendo con las numerosas ruinas romanas de Hierapolis ,
expande los pulmones y el alma.
Claro
que, el recorrido es extenso, y si se ha pactado regresar a una hora
determinada, nada mejor que consultar el reloj (en mi caso un despertador como
único auxilio), para volver a tiempo.
Por
culpa de las ruinas y más ruinas que invitan a subir, bajar y admirar, mi
retraso es de 20 minutos.
Sé
que desde allí nos dirigiremos al hotel, y que por ende, una pequeña demora no
es grave.
Lo
grave es que mis compañeros pensaron que estaba grave cuando anecdóticamente
una ambulancia volvió ululando desde la dirección en la que yo me encontraba.
Desconocía que Troya o Efeso pertenecieran a Turquía.
Pero
aquí estoy, en Efeso, recorriendo esta ciudad dedicada a Artemisa.
Resit
nos dice que este vasto recinto arqueológico comenzó a excavarse ininterrumpidamente
desde hace 300 años. Agradezco mi tardía decisión de venir aquí porque
seguramente hoy hay muchas más cosas para apreciar que antes. Su reconstrucción,
estado de conservación e imponencia, descerrajan en mi imaginación la
posibilidad de encontrar a algún romano o a algún griego escondido tras un
bloque de piedras.
Y qué decir de la última morada de la Virgen María, también en Efeso?En
la reducida superficie que constituía su casa, se construyó una pequeña
iglesita, paso obligado de turistas y de
fervores religiosos.
Parece
mentira que esto acontezca en un país musulmán. Lo cierto es que la Virgen
María es reconocida no como madre de Dios, sino como madre de Jesús, y ahí ya
estamos todos de acuerdo.
Paula
está enfurecida con el cambio brusco de Graciela. De turista pasó a ser devota religiosa compulsiva,
encendedora de velas, compradora de souvenires de la Virgen, sacadora de agua
bendita de todos los piletones posibles, y lloradora.
Creo
atinado que se tranquilice porque ya la vamos a recuperar.
Efectivamente,
luego de almorzar Resit nos reúne en la cercana playa de estacionamiento de
autos, porque la policía quiere ver al grupo para autorizar bajar hasta allí a
nuestra Trafic, y de ese modo evitar la tediosa caminata cuesta arriba.
Juan
Martín comienza a cojear, y Mirta no hace nada especial. Su desvencijada
anatomía es genuina.
Se
convierten en nuestros breves héroes. Uno por actuar. El otro por ser.
Sólo
queda Esmirna y desde allí tengo mi vuelo a Estambul.
Algunos
miembros del grupo volverán por tierra a Estambul pasando por Canakkale y
Bursa.
Comienzo
a tener un sentimiento de pérdida.
Bursa
no deja de ser uno de mis objetivos. Veré si puedo ir desde Estambul.
La
pérdida del grupo no tiene remedio. El apego sí.
Me
recuerdo que decidí realizar este viaje sola y que la felicidad depende de mí.
Si me he permitido ser feliz con este grupo humano también seré capaz de
permitirme ser feliz conmigo.
También
la música del minarete convocando de viva voz a la oración en este atardecer
tan especial, tal vez por ser el preludio de nuestra última cena.
Nuevamente Estambul
Nada
más sanador para mí que poner un pie arriba de un avión. Automáticamente
desaparece toda nostalgia.
Aterrizar
en Estambul es como llegar a casa. Tengo registro exacto de los pasos a
recorrer en el aeropuerto de Ataturk para tomar el tren y luego el tranvía que
me dejará en Sirkeci.
La
ubicación de mi nuevo hotel me pareció espléndida al hacer la reserva.
Sirkeci
augura la cercanía al Hipódromo, pero también a la parada de buses urbanos, al
puerto de Eminonu, a la estación de trenes y al puente Gálata.
Pero
he cometido un error. Olvidé imprimir el mapa para encontrarlo.
Tengo
la dirección y hay que preguntar. Resit, delicadamente, me sugirió que en
Estambul me maneje con señas, dado que mi inglés no tiene un nivel de
excelencia para que lo comprendan.
Se
equivocó de cabo a rabo.
La
que no comprende soy yo!!!!
Dos
horas deambulando por Sirkeci, Fatih y Sultanahmet, sin la posibilidad de tomar
un taxi a causa de una inoportuna maraton acaban por sacarme de quicio.
El
pobre gerente del hotel con un nombre parecido al que yo buscaba se hace cargo
de mi situación, llama al dueño de mi hotel para que me busque, me invita con
un tecito de menta y me ofrece su número de teléfono para salir con él.
A
lo largo de toda esta maraton propia me descubro necia. Buscar nubla a veces la
conciencia de encontrar mientras
buscamos lo que queremos encontrar.
Llamada
a mi hotel, explicación para llegar, gracias y no entiendo nada, son la
secuencia inevitable en esta hora de siesta tortuosa.
Tengo
certeza de que el dueño me mandó a buscar para que dejen de llamarlo por
teléfono!!!

Es
noche tarde y debo caminar 800 metros para llegar a mi hotel. Desconozco el
motivo por el que los turcos hablan todo el tiempo y a un alto volumen . Parece
mi radio encendida cuando estoy limpiando. Recordé los comentarios en los foros
en cuanto a hoteles ruidosos. No son ellos, son los turcos.
Pero
en este tramo los extraño. Dónde están ellos y los negocios
coloridos que ví a la tarde? Persianas
grises bajas camuflan negocios vibrantes. En los últimos 150 metros de la
cortada en la que se encuentra el Old City Family sólo hay gatos y gigantes
bolsones plásticos con basura para ser removida.
Sustituyo
el miedo por la confianza. Todo está bien.
Estoy
desvelada, el control del tele no funciona. No tengo ganas de hacer el reclamo
investida de mi histórico camisón y de mi
aliento acebollado.
Aparece
una espontánea necesidad de escribir los
sucesos del día. El papel higiénico no deja de ser papel y no estoy dispuesta
a desprestigiarlo.
La
torpe apertura de las persianas de los comercios de enfrente y los transeuntes hablando, saludando o discrepando desde
temprano, se anticipan al sonido de mi despertador.
Bienvenidos!!!
Estoy
resuelta a contratar el bus turístico por dos días y no hay tiempo que perder.
Se
desata la lluvia y casi, casi, la siento como una bendición. Aceptarla implica
aceptar lo que me toca vivir. Tengo capa, paraguas y ganas.
Decido
comenzar por el trayecto azul que es el menos apreciado por los turistas.
Pero
ella está obcecada con seguir cubriendo de un manto acuífero a toda la ciudad.
Entonces el nuevo trayecto, el rojo, se convierte en vidrios lacrimosos de un
confortable bus que así y todo, no desluce la impresionante geografía urbana
que ningún ojo puede dejar de admirar.
La
tardecita mojada muta en fría y ventosa.
No
estoy dispuesta a esperar 2 o 3 horas para poder hacerlo, que es lo que
normalmente hay que esperar en un día normal.
Pero
bajo el embrujo de la lluvia bendecida, los turistas son escasos.
Entre
este ícono de la ciudad y los 4 puntos cardinales hay un feedback excepcional.
Saber
que la mejor vista de Estambul es por mérito de los genoveses parece hasta
irreverente.
Según
mi limitado conocimiento histórico, griegos, romanos y otomanos tuvieron mucho
más protagonismo en “esta tierra es mía hasta la llegada del propietario
próximo”.
Ya
es de noche cuando atravieso el puente Gálata con numerosos pescadores
empeñados en seguir atrapando peces diminutos.
Se
reinicia la lluvia con una intensidad tropical. Creo que ha llegado la hora de
saludar a los gatos vecinos e ir a acostarme.
Tengo
certeza de que el radiante sol que está asomando facilitará mi vocación de
turista caminante apasionada.
El
bus rojo deja de ser un transporte sin descenso para, junto con buses urbanos,
ser el medio más apto para arribar a los magníficos palacios, mezquitas y
barrios que me interesan.
Los
palacios de Dolmabahce y Topkapi seguramente no están sólo para ser admirados,
sino para reflexionar acerca de la desigualdad tan extrema que padece nuestro
mundo en términos de distribución de la riqueza, puesto que, desde la época de
los sultanes hasta hoy, no mucho ha cambiado.
Muy
por el contrario, es amable, limpio y una potencia económica.
Ha sabido sacar provecho de sus recursos.
Ha sabido sacar provecho de sus recursos.
Sus
mujeres cubren sus cabezas con pañuelos más por tradición que por el
impedimento de mostrarse. Pero esto no es sinónimo de liberación, sino que aún,
en su mayoría, siguen sometidas a la autoridad del hombre.
Mañana
a la tarde parto hacia Marruecos. Me olvidé de querer ir a Bursa y me apresto a
disfrutar de una deliciosa cena en Sultanahmet, sitio en el que , de poder
elegir, me quedaría a vivir.
La
cuesta para llegar a la mezquita de Solimán me ha dejado con escaso aliento.
Pero la asombrosa vista desde sus muros bajos, me lo ha quitado por completo.
Guauuuuu
qué hermosura!!! Ese Cuerno de Oro de tinte turquesa!!!
Gracias
a mi alocada caminata descubro plazoletas, peatonales cortas, parques,
universidades.
Adiós
hermosa Estambul!!!
Mi
confianza en el uso del transporte público para llegar al aeropuerto amerita
recorrerte hasta el último segundo.
Pero
es prudente que ya parta. No creo que a los pilotos les interese demasiado mi
presencia y levantarán vuelo, sin ninguna piedad por una turista demorada.
Me
consuela saber que pasaré aquí la última noche de mi viaje.
Después
de Barcelona, nuevamente Estambul.





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