sábado, 3 de septiembre de 2016

estambul y tour por turquía 2016


Mis compañeros de avión son en su mayoría turcos, kurdos y judíos religiosos.
Se me ocurre que si el avión llegara a zozobrar, todos nosotros (en apariencia tan diferentes), habíamos nacido para partir en un mismo instante. Qué hermandad!!! Tal vez éramos como células de un mismo organismo.
En eso andaba, desparramada en 3 asientos que la Providencia gentilmente me había cedido, cuando un kurdo enojado vino a reclamar el 66,66 % de esa superficie (o sea 2 asientos) (o sea, desde mi esternón hasta el dedo gordo de mis pies). Por temor a ser decapitada, situé mi cuerpo derechito en el 53 G (do you understand?), y esbocé una tímida sonrisa que fue óbice para una extraña amistad.
Sus intermitentes monólogos en inglés (cuyos contenidos fueron comprendidos por mí en un 0,07%) no fueron impedimento para sentir una profunda compasión. Tal vez porque me pareció entender que hablaba del profundo sufrimiento de su pueblo, o tal vez por la gratitud de no haber sido decapitada.
Cuando a su niño pequeño se le cayó su vasito con Coca Cola sobre mi UNICO saco, todas estas consideraciones incidieron para no colgarlo.
Turkish Airlines ofrece emparedados de queso con pepinos cuando a uno se le dé la gana. En 3 ocasiones se me dio la gana (es decir que comí 3 emparedados), pero pepinos en infinitas comidas.
Me pregunto si los autos de Estambul tendrán forma de pepinos, o si los minaretes de las mezquitas no son en realidad, pepinos camuflados.
Llego a medianoche, tiro mi equipaje y me voy a corroborarlo.
La mezquita de Santa Sofía me mira agradecida por poseer los únicos dos ojos venidos de tan lejos, dispuestos a admirar su magnificencia.
Ningún turco a la vista!!! Y, de haberlo, no molesta.
Los habitantes del Imperio Romano de Oriente ya murieron y los sultanes que les sucedieron también.
Estoy a salvo!!! Si supieran que huelo a Coca Cola me incorporarían a algún harem, sólo por exótica.
Decido comprar una bebida antes de ingresar al hotel, y el vendedor me pide que le enseñe a decir "good morning" en español. Después de repetir 20 veces "buenos días", abandono mi improvisada docencia porque mi alumno resulta ser un fiasco, o yo una pésima docente.
Me acuesto e intento dormir. Mañana comienza mi tour por Turquía y quiero estar descansada.
No puedo conciliar el sueño. Acepto la situación y comienzo a escribir.
Mientras tanto la vida está tan atareada que se olvida de que todo tenía que salir perfecto!!!


19 de abril 8 a.m.

Llego a desayunar a la terraza del hotel antes que el desayuno.
La Mezquita Azul asoma su imponencia. Es la primera visión matutina que tengo de Estambul. No puedo contener el llanto. Intento controlarme por temor a ingerir una aceituna, que tanto detesto, por culpa de una visión deficiente.
Cuento con 5 horas para comenzar a descubrirla.
En pocos minutos me sitúo frente al obelisco egipcio y no puedo creer estar allí. Recuerdo las reprimendas de Julia cada vez que me expreso así. Ella insiste en que para ser merecedor siempre hay que creer en lo bueno que acude a nuestras vidas. Tiene razón.





En una semana vuelvo y me quedo junto a tí querida Estambul. Misteriosa, fascinante, bulliciosa, singular.


Turquía

14 a.m. es la hora convenida para que me pasen a buscar.
Estoy satisfecha de haber elegido hotel próximo al Hipódromo y sus mezquitas para no desperdiciar mi mañana, pero está situado sobre una calle en la que no pueden transitar vehículos.
Inmersa en una espera interminable reflexiono acerca de cómo me desequilibro cuando la situación se me sale de control. Y todo por culpa de una calle en la que sólo pasa el tranvía!!! El magnífico tranvía que me auguraba llegar a medianoche y tener parada frente a mi hotel. Todo calculado. God!!!
Cuando aparece caminando un hombre calvo detrás de unas gafas eternas hablando en perfecto español, siento un alivio inmenso.
Es Resit.
Su aplomo, abnegación y nivel de conocimientos parecen garantizar una aventura singular.
Mis compañeros también. Por lo visto hay sagitarianos pululando por todas partes y somos mayoría.
Llegamos a Ankara y no dejo de percibir de que más allá de la conmovedora belleza de Estambul, estamos en el corazón de Turquía. El impresionante Mausoleo de Ataturk y sus alrededores así lo  denotan.
Hay un Encuentro de niños del mundo y están vestidos con los trajes típicos de cada país. Este evento trastoca la percepción. Ankara parece más la capital del mundo que de Turquía.

Extrañamente no siento ansiedad por el itinerario venidero.
Cada cosa me fascina. Cada visión me subyuga. Estoy donde estoy.
Siempre inserta en el momento presente.
Capadocia tiene la virtud  de hacerle creer a nuestros ojos que los paisajes no son paisajes, sino lienzos enormes fruto de la imaginación de  un exquisito artista, al que estorbamos situándonos por delante para tomar nuestras preciadas fotos.
Descreo de la erosión como   responsable del tallado de semejante esplendor.
No creí tampoco que fuera inconveniente sentarme en primera fila para presenciar la danza sufí de los derviches giróvagos. Resit habló del frío y la molestia producida por el viento que generan las faldas con sus movimientos rápidos y contínuos.                                                              



Sweater mediante es mucho más sencillo amalgamarse con la magia emanada de los sonidos de los músicos y danzantes, que empañar la ceremonia con cabezas sostenidas por cuerpos sentados adelante.



Transitar el interior de las cuevas de la Capadocia se convierte en otra aventura fascinante, donde un mes de Pilates equivale a un día de elongación de todos los músculos y articulaciones de las que disponemos, para no estrellarnos contra algún pedazo de roca saliente.





Todos están ansiosos por volar en globo, menos Juan Martín y yo. El  porque padece de vértigo. Yo porque no padezco de nada. Solo estoy feliz con lo que hay.
Este estado de felicidad fue el que me permitió sobrevivir en paz a la frustración colectiva que aconteció cuando, después de habernos levantado a las 4 a.m. para nuestro vuelo, los militares decidieron que había mucho viento arriba y que, por ende, ese día ningún globo podría volar.
Solo queda un día para un nuevo intento.
Hoy hay mucho viento y hace mucho frío. Nuevamente demorados en un desayunador.
Valeria ha venido muy desabrigada y le cedo una campera que llevo de más. Me pregunto más tarde si mi solidaridad para con ella no ha sido falta de solidaridad para conmigo. Tengo frío.
Nos avisan que sí, que vamos a volar!!!
El ascenso me provoca un llanto incontenible. Al joraca con el estado de paz!!! Estoy exultante!!!
El suave murmullo del transitar de nuestro globo, la visión cada vez más abarcadora, el sol asomando y engalando recodos, la multiplicidad de dibujos y colores de los demás globos, nuestras cámaras imprescindibles pero molestas porque restan segundos a nuestros ojos, cinco mujeres en nuestro compartimento que no cesamos de llorar y de reír, y de intercambiar apretujados lugares para poder ver todo. Siento que hemos sido bendecidos con esta experiencia.
Resit es guía turístico desde hace 20 años. Nos cuenta que, de no poder hacer este vuelo, la gente siente frustrado su viaje.
Bichos raros los seres humanos. Hay tanto para agradecer!!! Tanta belleza para honrar!!! Todo sistema tiene elementos compensatorios.

Konya nos traslada al siglo XII y el mausoleo de los derviches con sus jardines exteriores, al encuentro con coloridos tulipanes diseminados en todos los resquicios posibles.
Siento una extraña sensación de injusticia. No he visto en Holanda tanta cantidad de estas exquisitas flores como en Turquía. Holanda usurpó la fama, pero los tulipanes están aquí. En las rutas, en los espacios públicos, en los espacios privados, en los palacios. Los hay por doquier.




La bella Pamukkale me incorpora en la visión del águila.
Su visión es óptima desde lo alto de la montaña.
Ascender desde la laguna de la base hasta las piscinas calcáreas y cascadas petrificadas de la cima, conviviendo con las numerosas ruinas romanas de Hierapolis , expande los pulmones y el alma.

Claro que, el recorrido es extenso, y si se ha pactado regresar a una hora determinada, nada mejor que consultar el reloj (en mi caso un despertador como único auxilio), para volver a tiempo.
Por culpa de las ruinas y más ruinas que invitan a subir, bajar y admirar, mi retraso es de 20 minutos.
Sé que desde allí nos dirigiremos al hotel, y que por ende, una pequeña demora no es grave.
Lo grave es que mis compañeros pensaron que estaba grave cuando anecdóticamente una ambulancia volvió ululando desde la dirección en la que yo me encontraba.


Desconocía que Troya o Efeso pertenecieran a Turquía.
Pero aquí estoy, en Efeso, recorriendo esta ciudad dedicada a Artemisa.
Resit nos dice que este vasto recinto arqueológico comenzó a excavarse ininterrumpidamente desde hace 300 años. Agradezco mi tardía decisión de venir aquí porque seguramente hoy hay muchas más cosas para apreciar que antes. Su reconstrucción, estado de conservación e imponencia, descerrajan en mi imaginación la posibilidad de encontrar a algún romano o a algún griego escondido tras un bloque de piedras.

Y qué decir de la última morada de la Virgen María, también en Efeso?En la reducida superficie que constituía su casa, se construyó una pequeña iglesita, paso obligado de turistas  y de fervores religiosos.
Parece mentira que esto acontezca en un país musulmán. Lo cierto es que la Virgen María es reconocida no como madre de Dios, sino como madre de Jesús, y ahí ya estamos todos de acuerdo.
Paula está enfurecida con el cambio brusco de Graciela. De turista  pasó a ser devota religiosa compulsiva, encendedora de velas, compradora de souvenires de la Virgen, sacadora de agua bendita de todos los piletones posibles, y lloradora.
Creo atinado que se tranquilice porque ya la vamos a recuperar.
Efectivamente, luego de almorzar Resit nos reúne en la cercana playa de estacionamiento de autos, porque la policía quiere ver al grupo para autorizar bajar hasta allí a nuestra Trafic, y de ese modo evitar la tediosa caminata cuesta arriba.
Juan Martín comienza a cojear, y Mirta no hace nada especial. Su desvencijada anatomía es genuina.
Se convierten en nuestros breves héroes. Uno por actuar. El otro por ser.
Sólo queda Esmirna y desde allí tengo mi vuelo a Estambul.
Algunos miembros del grupo volverán por tierra a Estambul pasando por Canakkale y Bursa.
Comienzo a tener un sentimiento de pérdida.
Bursa no deja de ser uno de mis objetivos. Veré si puedo ir desde Estambul.
La pérdida del grupo no tiene remedio. El apego sí.
Me recuerdo que decidí realizar este viaje sola y que la felicidad depende de mí. Si me he permitido ser feliz con este grupo humano también seré capaz de permitirme ser feliz conmigo.
Nuestra larga caminata por la costanera de Esmirna, acariciada por el mar Egeo, aún resuena en mí.
También la música del minarete convocando de viva voz a la oración en este atardecer tan especial, tal vez por ser el preludio de nuestra última cena.



Nuevamente Estambul

Nada más sanador para mí que poner un pie arriba de un avión. Automáticamente desaparece toda nostalgia.
Aterrizar en Estambul es como llegar a casa. Tengo registro exacto de los pasos a recorrer en el aeropuerto de Ataturk para tomar el tren y luego el tranvía que me dejará en Sirkeci.
La ubicación de mi nuevo hotel me pareció espléndida al hacer la reserva.
Sirkeci augura la cercanía al Hipódromo, pero también a la parada de buses urbanos, al puerto de Eminonu, a la estación de trenes y al puente Gálata.
Pero he cometido un error. Olvidé imprimir el mapa para encontrarlo.
Tengo la dirección y hay que preguntar. Resit, delicadamente, me sugirió que en Estambul me maneje con señas, dado que mi inglés no tiene un nivel de excelencia para que lo comprendan.
Se equivocó de cabo a rabo.
La que no comprende soy yo!!!!
Dos horas deambulando por Sirkeci, Fatih y Sultanahmet, sin la posibilidad de tomar un taxi a causa de una inoportuna maraton acaban por sacarme de quicio.
El pobre gerente del hotel con un nombre parecido al que yo buscaba se hace cargo de mi situación, llama al dueño de mi hotel para que me busque, me invita con un tecito de menta y me ofrece su número de teléfono para salir con él.
A lo largo de toda esta maraton propia me descubro necia. Buscar nubla a veces la conciencia de encontrar mientras  buscamos lo que queremos encontrar.
Atravesé el Mercado de las Especias sin darme cuenta. Encontré el espíritu tribal y solidario del turco que no duda ni un minuto en convocar a todos sus amigos y vecinos para ayudar.
Llamada a mi hotel, explicación para llegar, gracias y no entiendo nada, son la secuencia inevitable en esta hora de siesta tortuosa.
Tengo certeza de que el dueño me mandó a buscar para que dejen de llamarlo por teléfono!!!
Al fin llega la hora de tirar la valijita sobre la cama, tomar un barco urbano para a ir al lado asiático de Estambul, sentarme plácidamente en una de las numerosas escalinatas alfombradas donde se ciernen bares que parecen improvisados, y observar el mágico atardecer sobre el lado europeo de una ciudad también mágica.

Los barquitos flotantes de Eminonu ofrecen sus deliciosos sándwiches de pescado y no puedo sustraerme a ello. Agradezco que en mi vida actual no tenga que compartir mi cama con nadie, porque más allá de su sabor irresistible, la abundante cebolla cruda hubiese espantado aún hasta al más enamorado.
Es noche tarde y debo caminar 800 metros para llegar a mi hotel. Desconozco el motivo por el que los turcos hablan todo el tiempo y a un alto volumen . Parece mi radio encendida cuando estoy limpiando. Recordé los comentarios en los foros en cuanto a hoteles ruidosos. No son ellos, son los turcos.
Pero en  este   tramo  los   extraño. Dónde están ellos y los negocios coloridos que ví a la tarde?  Persianas grises bajas camuflan negocios vibrantes. En los últimos 150 metros de la cortada en la que se encuentra el Old City Family sólo hay gatos y gigantes bolsones plásticos con basura para ser removida.
Sustituyo el miedo por la confianza. Todo está bien.
Estoy desvelada, el control del tele no funciona. No tengo ganas de hacer el reclamo investida de  mi histórico camisón y de mi aliento acebollado.
Aparece una espontánea necesidad  de escribir los sucesos del día. El papel higiénico no deja de ser papel y no estoy dispuesta a  desprestigiarlo.

La torpe apertura de las persianas de los comercios de enfrente y los transeuntes   hablando, saludando o discrepando desde temprano, se anticipan al sonido de mi despertador.
Bienvenidos!!!
Estoy resuelta a contratar el bus turístico por dos días y no hay tiempo que perder.
Se desata la lluvia y casi, casi, la siento como una bendición. Aceptarla implica aceptar lo que me toca vivir. Tengo capa, paraguas y ganas.
Decido comenzar por el trayecto azul que es el menos apreciado por los turistas.
Eyup me desvela. Sé que hay un bar sobre una colina al que se arriba por medio de un teleférico, y que después es aconsejable bajar caminando en medio del cementerio musulmán que corona  toda la cuesta, para ir luego a la imponente mezquita de allí.
La impresionante vista del llamado Cuerno de Oro y del Bósforo con sus puentes y  animadas construcciones en sus márgenes, activan mi emoción. Lloro y lloro. Infiero que si alguien repara en mí, jamás imaginaría que la belleza que cala los poros es la causa de mi turbación, y no un ser    querido enterrado ahí.
El parque Miniaturk, esa preciosurita con maquetas del patrimonio inmueble más relevante de Turquía distribuídas entre laguitos artificiales y matas de flores, me permite recorrerlo con un sol tímido que da respiro a la insistente lluvia.
Pero ella está obcecada con seguir cubriendo de un manto acuífero a toda la ciudad. Entonces el nuevo trayecto, el rojo, se convierte en vidrios lacrimosos de un confortable bus que así y todo, no desluce la impresionante geografía urbana que ningún ojo puede dejar de admirar.
La tardecita mojada muta en fría y ventosa.
Bajo en la famosa plaza Taksim para recorrer la peatonal Istiklal y sus callecitas laterales.
El descenso desemboca en el barrio genovés. La famosa Torre Gálata exhibe su talla invitando a  subir.
No estoy dispuesta a esperar 2 o 3 horas para poder hacerlo, que es lo que normalmente hay que esperar en un día normal.
Pero bajo el embrujo de la lluvia bendecida, los turistas son escasos.
Entre este ícono de la ciudad y los 4 puntos cardinales hay un  feedback excepcional.

La Torre puede verse desde cualquier punto, y a su vez, desde su cima, todo está bajo su control visual.

Saber que la mejor vista de Estambul es por mérito de los genoveses parece hasta irreverente.
Según mi limitado conocimiento histórico, griegos, romanos y otomanos tuvieron mucho más protagonismo en “esta tierra es mía hasta la llegada del propietario próximo”.
Ya es de noche cuando atravieso el puente Gálata con numerosos pescadores empeñados en seguir atrapando peces diminutos.
En la parte inferior del puente hay encantadores restaurantes cuya existencia hubiese ignorado si no fuera por mis paseos en barco a lo largo del Bósforo.
Se reinicia la lluvia con una intensidad tropical. Creo que ha llegado la hora de saludar a los gatos vecinos e ir a acostarme.

Tengo certeza de que el radiante sol que está asomando facilitará mi vocación de turista caminante apasionada.
El bus rojo deja de ser un transporte sin descenso para, junto con buses urbanos, ser el medio más apto para arribar a los magníficos palacios, mezquitas y barrios que me interesan.

Los palacios de Dolmabahce    y Topkapi  seguramente no están sólo para ser admirados, sino para reflexionar acerca de la desigualdad tan extrema que padece nuestro mundo en términos de distribución de la riqueza, puesto que, desde la época de los sultanes hasta hoy, no mucho ha cambiado.
El Grand Bazaar me recuerda la imagen del Nono Pugliese y Claudia Sánchez haciendo la publicidad de L y M. Una pareja perfecta en un país exótico contrastando con la inolvidable película Expreso de Medianoche, que dejó la impresión de un país sanguinario, sucio y atrasado.
Muy por el contrario, es amable, limpio y una potencia económica.
Ha sabido sacar  provecho de sus recursos.                                                
Sus mujeres cubren sus cabezas con pañuelos más por tradición que por el impedimento de mostrarse. Pero esto no es sinónimo de liberación, sino que aún, en su mayoría, siguen sometidas a la autoridad del hombre.
Mañana a la tarde parto hacia Marruecos. Me olvidé de querer ir a Bursa y me apresto a disfrutar de una deliciosa cena en Sultanahmet, sitio en el que , de poder elegir, me quedaría a vivir.

Decido partir del hotel con mi valijita a cuestas. Sus 4 ruedas y escaso peso la dotan de cierta autonomía, y más que la vocación de llevarla a pasear conmigo, inciden mis ganas de alejarme de esa zona y acercarme a otras.
La cuesta para llegar a la mezquita de Solimán me ha dejado con escaso aliento. Pero la asombrosa vista desde sus muros bajos, me lo ha quitado por completo.
Guauuuuu qué hermosura!!! Ese Cuerno de Oro de tinte turquesa!!!
Gracias a mi alocada caminata descubro plazoletas, peatonales cortas, parques, universidades.




 
Adiós hermosa Estambul!!!
Mi confianza en el uso del transporte público para llegar al aeropuerto amerita recorrerte hasta el último segundo.
Pero es prudente que ya parta. No creo que a los pilotos les interese demasiado mi presencia y levantarán vuelo, sin ninguna piedad por una turista demorada.
Me consuela saber que pasaré aquí la última noche de mi viaje.
Después de Barcelona, nuevamente Estambul.